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Una Leyenda en CDMX Cumple Seis Años: Ticuchi, Una Historia de Hospitalidad Hecha por Mujeres

  • Foto del escritor: Regina Alencaster
    Regina Alencaster
  • 15 sept 2025
  • 4 Min. de lectura

La hospitalidad es una de las industrias más complejas y apasionadas del mundo. Requiere tiempo, disciplina, paciencia y una capacidad infinita de cuidar los detalles. Exige jornadas interminables, lidiar con la vulnerabilidad de otros, mantener siempre la sonrisa y la disposición de estar presente. Todo, para que alguien más —un cliente, un visitante, un desconocido— se sienta feliz, cómodo, deseado. Es un trabajo invisible y al mismo tiempo esencial: un oficio que se sostiene en la entrega humana.


En la Ciudad de México, hay un lugar que condensa esa magia. Ticuchi no es simplemente un bar: es un espacio que conjuga la calidad extrema de los ingredientes, la curaduría minuciosa de la música, la energía de un equipo sólido y la sensación inigualable de estar en un sitio donde todo ha sido pensado con cariño. Por eso es uno de mis lugares favoritos de la ciudad: porque sé que, al cruzar sus puertas, entro a un ambiente impecablemente diseñado en cuestión de vibes, pero con la calidez y el detalle que solo se logran cuando hay un empeño genuino detrás.


Cortesía: Ticuchi
Cortesía: Ticuchi

Este año, Ticuchi cumple seis. Y para celebrarlo, me senté a conversar con dos mujeres que lo hacen posible: Kari Arellano, jefa de operaciones del bar, y Maya del Olmo, directora de marketing del grupo desde el centro de Casa Mata. Entre las dos tejen un relato de aprendizaje, resiliencia y pasión que explica por qué este lugar es ya un referente en la vida nocturna de la ciudad.


La gran escuela de Kari



Kari comenzó en la hospitalidad en Oaxaca y luego pasó por restaurantes del grupo hasta llegar a Nueva York para trabajar en Cosme, donde dice que tuvo su “gran escuela":


"Esa ciudad me retó en todo: el idioma, la soledad, el ritmo. Pero también me enseñó a valorar México y a entender que la hospitalidad es un acto de resistencia y de amor. Ahí descubrí que sí tenía la capacidad de enfrentarme a lo que fuera."

De regreso a México, se integró al equipo que abriría Ticuchi, aunque lo que vino no estaba en los planes: apenas unos meses después llegó la pandemia. El bar recién inaugurado tuvo que reinventarse con una “ventana de servicio” que se volvió un símbolo de resiliencia.


"Aprendí que esta industria es sobre hacer que las cosas pasen, aun en la adversidad. No puedes quedarte quieto: siempre hay que encontrar la manera de servir."


Hoy, seis años después, Kari habla de Ticuchi como de un camino paralelo a su propia vida: un proceso de reconstrucción y aprendizaje constante.


"Un bar es un lugar donde la gente es libre: puedes tener a alguien celebrando un matrimonio o a alguien con el corazón roto. Para mí lo más importante ha sido armar equipos y entender que sin ellos no soy nada. Mi liderazgo es ser la ‘mamá de los pollitos’: proteger, acompañar, pero también poner orden.”

Sus momentos favoritos son justamente los que reflejan esa libertad: los clientes que de pronto se paran a bailar, los que se abrazan con el equipo como si fueran viejos amigos, los que dejan que la música y el mezcal les cambien el ánimo.


“Me encantan los clientes difíciles —confiesa— porque siento que puedo cambiarles el switch. A veces basta escuchar o poner atención para transformar la noche de alguien.”

La visión de Maya



Desde otro ángulo, Maya del Olmo entiende Ticuchi como parte de un ecosistema más amplio que se conecta desde Casa Mata, el proyecto cultural del grupo. Para ella, la hospitalidad se construye a partir de identidad y comunidad.


“No se trata solo de servir cócteles, sino de generar un espacio donde todos se sientan parte. La hospitalidad es narrativa: es cómo cuentas quién eres con cada detalle, desde la carta hasta la música, desde el servicio hasta la manera en que recibes a alguien en la puerta.”

Además, Maya subraya que la hospitalidad en Ticuchi se vive como un cruce de disciplinas:


“Desde Casa Mata pensamos la hospitalidad como una plataforma cultural: no es solo un bar, también es arte, música, diseño, alianzas. Es un espacio donde caben muchas narrativas, pero todas comparten un mismo corazón: la comunidad.”

Por eso, para ella, el aniversario de Ticuchi no es un festejo interno, sino una celebración colectiva:


“Ticuchi cumple seis porque existe una comunidad que lo ha hecho suyo. Este lugar no sería lo mismo sin la gente que regresa una y otra vez, porque saben que aquí van a ser reconocidos y cuidados.”


El papel de las mujeres


Ambas coinciden en que las mujeres han tenido que abrirse paso en una industria dura y exigente.

Kari lo dice con franqueza: “Me tocó que no aceptaran que una mujer fuera la líder. Me cuestionaron mucho más que a otros. Pero con el tiempo hemos construido respeto y complicidad. Hoy mi equipo me respalda, y eso me llena de orgullo.”

Para Maya, el papel de las mujeres no solo es sostener sino también transformar la hospitalidad:


“Traemos otra sensibilidad, otra manera de entender el cuidado. Y eso cambia la cultura interna, genera nuevos referentes para las siguientes generaciones.”

La hospitalidad como forma de vida

Lo que Kari y Maya transmiten con claridad es que la hospitalidad no es un trabajo: es una forma de vida. Una escuela diaria que te confronta y te obliga a crecer. Kari lo resume así:


“Esta industria me ha hecho ser mejor persona. Todos los días me cuestiono algo: cómo hablo, cómo trato a alguien, cómo escucho a mi equipo. Si lo haces bien, terminas con más empatía y más humanidad.”

Esa filosofía se siente en cada rincón de Ticuchi: en la selección cuidadosa de mezcales, en los menús que cambian con el tiempo, en la música que acompaña cada noche. Pero, sobre todo, en el ambiente: ese intangible que hace que las personas vuelvan, porque saben que aquí todo está hecho con detalle, cariño y dedicación.



Seis años de magia líquida


Hoy, Ticuchi celebra seis años. Seis años de noches memorables, de resistencia en tiempos de crisis, de premios y reconocimientos, de música, de baile, de comunidad. Para quienes hemos hecho de este bar un lugar favorito, la celebración es también un recordatorio de lo que significa la hospitalidad cuando se vive con pasión: un acto de cuidado radical, de entrega constante y de alegría compartida.


Ticuchi es la prueba de que la hospitalidad puede convertirse en cultura.


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